Tras la pandemia de la COVID-19 hemos de replantearnos la relación entre las personas y las grandes ciudades.

Madrid y Barcelona, han sido verdaderos altares de sacrificio de vidas en este crisis del coronavirus.

Las grandes ciudades son las locomotoras, determinan la vida de los países. Todos los estudios demográficos que se han manejado hasta la fecha indican el incremento constante de la urbanización y del porcentaje de ciudadanos.

Pese a su atractivo y su reconocida fascinación las grandes ciudades han sido los epicentros de la pandemia, y hoy dan miedo. Este es quizás el gran cambio, la gran amenaza que hoy, con la pandemia, se cierne sobre nuestras ciudades. Ante ello, cabe preguntarse: ¿se va a cuestionar el liderazgo global de la ciudad? No lo creo.

Ahora bien, aunque los trágicos efectos de la pandemia sean, esperemos, pasajeros, ¿cómo van a influir en las actitudes y comportamientos de los ciudadanos, empresas e instituciones? Más allá de las causas de este terrible drama, la cuestión sería entonces: ¿es que las condiciones que se dan en las grandes ciudades constituyen en sí mismas un mayor factor de riesgo de contagios?

Parece que las aglomeraciones los facilitan, pero no tanto por la cantidad, que sin duda lo multiplica todo, sino por la proximidad de las personas y por los contactos entre ellas, que se dan y se valoran, en todos los entornos. Surgen voces que apuntan a que todo tendría que cambiar, añorando los núcleos urbanos menores o el campo.

Las voces no son nuevas. Se daban antes y piensan que pueden ampliar ahora su énfasis, como si la pandemia les diera la razón. Lo que ha hecho es poner de manifiesto, aun en mayor medida, los problemas, conocidos, que enfrentábamos antes de esta gran crisis y que no ha hecho sino agravar.

Contaminación, desigualdad, vivienda

En definitiva, ¿son estas magnificas concentraciones de innovación, creatividad y oportunidades más o menos saludables que otros núcleos urbanos menores? Ya estábamos preocupados, y mucho, por la contaminación que requería priorizar el transporte público en lugar del uso indiscriminado del vehículo privado. Constatábamos la desigualdad social como consecuencia, o que al menos se podía agudizar, en las grandes ciudades. Conocíamos las diferencias en las condiciones de vivienda que la población presentaba.

La pandemia y el necesario confinamiento como respuesta no han hecho sino agudizar esos problemas: la contaminación, en maligna correlación, ha podido contribuir a la mayor intensidad de la afección pandémica. Para la movilidad se requiere más y mejor transporte público. La desigualdad ha mostrado su cara más lacerante cuando los empleos que se han mostrado tan “esenciales” como peligrosos son los menos valorados en el mercado. Y que las viviendas, que “sustituíamos” con la vida fuera de ellas, se han mostrado aun menos satisfactorias para esa prueba de estrés que ha significado el necesario confinamiento.

La pandemia mundial que sufrimos en este 2020 está obligando a cambiar de inmediato y de manera determinante las actitudes de los habitantes de las ciudades. Lo hará mientras lo que, indebidamente a mi juicio, hemos acuñado como “distancia social” haya de mantenerse.

Esperemos que no dure tanto como para llevar a la RAE a introducir una nueva acepción, cariñosa, de “guardar las distancias”, el arrastrado dicho que respondía a un distanciamiento desafecto, algo tan distinto al sobrevenido no querido. Ese cambio de actitudes, ¿será solo un paréntesis en tanto dure la pandemia (pervivencia del virus sin tratamiento efectivo ad hoc y sin vacuna)? ¿O impulsará cambios de más recorrido?

Esta es una crisis distinta a otras. Ha irrumpido como calamidad que no tiene su origen en el comportamiento de ningún grupo o instancia a corregir. La necesidad de corrección surge de la constatación de sus efectos, para los que sin duda no estábamos preparados. Y, más allá de las consecuencias que pueda tener en la organización de la sanidad y más ampliamente, en las políticas de salud, lo que quizás es aun más impactante es el parón de la noche al día de la economía. Su recuperación, lastrada de entrada por las exigencias de “guardar las distancias”, constituye una incógnita.

¿Podremos recuperar lo que teníamos? ¿Se podrá aprovechar para mejorarlo, en términos sociales, con resultados mejor distribuidos?

La absoluta novedad de esta calamidad introduce dudas. Impide cualquier certeza. La cuestión es: los drásticos cambios (trastornos) que la pandemia ha forzado a introducir en la ciudad, ¿van o no a ocasionar cambios en las tendencias que ya se constataban en la ciudad antes? Y, en último término, ¿van a incidir en una nueva forma de ciudad? Arriesgándome ante la incertidumbre, contestaría sí a la primera interrogante, no a la segunda. En todo caso un elemental análisis del comportamiento humano nos indica que algún tipo de cambio siempre se producirá.

Teletrabajo

Si la pandemia se extiende por lo menos entre uno y dos años, es evidente que el futuro definitivo de la ciudad quedara afectado cuanto menos en alguna manera. Quizás el cambio con mayor incidencia sea el teletrabajo, que pase de posibilidad a obligación y, después, a una posibilidad contrastada. ¿Podrá llegar a convertirse en forma habitual de trabajar para muchos sectores? Resulta difícil de imaginar, sobretodo en los sectores más creativos, pero sí puede llegar a trastocar tendencias, generando nuevas incógnitas, en su caso convertidas en oportunidades.

De un lado, el teletrabajo reduciría de forma drástica el mayor motivo de obligada movilidad, que es la residencia-trabajo. Facilitaría lo que ahora se proclama como Ciudad 15 minutos, eliminando el aspecto en que esta propuesta sobre todo falla: la deslocalización, y reparto por toda la ciudad, del trabajo, algo que hasta ahora ha resultado siempre imposible.

Extendido como forma mayoritaria de trabajo, tendería a demandar nuevas modalidades de residencia, quizás en línea con aquello que se llegó a denominar SOHO (Small Office, Home Office), que tuvo su cierta plasmación en las periferias metropolitanas en los llamados eufemísticamente “lofts”. Implicarían sin duda otros problemas, como el de la conciliación, contando con que la educación siguiera exigiendo, como espero que se pueda producir, la asistencia presencial, y en el fondo social, a las escuelas.

Desinversión en oficinas

De otro lado, ¿implicará el teletrabajo extendido que las empresas prescindirán de muchos metros cuadrados que hoy día destinan a sus oficinas? ¿Pueden renunciar las empresas, sobre todo en sus componentes más estratégico-creativos, a la asistencia presencial? Ello sí representaría un cambio de tendencia cuando hemos constatado la de grandes empresas que concentraban en una supersede todos sus departamentos, buscando las relaciones informales entre ellos.

Y, en definitiva, lo que alguien ha llamado la “sinergia del roce”, tan contrapuesto con el nuevo “guardar las distancias”. Tomando esa constatada tendencia anterior, ¿seguirán existiendo centros de negocio y grandes edificios de las administraciones públicas como hoy los conocemos?

Quizás se pudieran reducir las sedes sociales pero dudo mucho que desaparezcan esos centros de trabajo. Lo que sí pudiera pasar es que, con ese mismo esquema de teletrabajo, se tendieran a ocupar parte de las oficinas dejadas por este, se convirtieran en viviendas con la ventaja adicional de poder estar cerca y acceder a pie a los aun más concentrados centros de poder empresarial que se mantuvieran físicamente. Eso, si conseguimos contar con una regulación urbanística más flexible que lo permita y lo auspicie, lo cual sería una de las pocas consecuencias positivas de esta crisis.

El teletrabajo suscita otras muchas incógnitas. ¿Se van a fiar las empresas? ¿Cuentan con mecanismos para controlar y mejorar la productividad? Y, como siempre, la mayor: ¿quién paga qué? El menor gasto en local, ¿se va a transferir a los trabajadores para mejorar su vivienda-oficina? ¿Van a pagar las empresas los gastos de estas? Y, en definitiva, ¿qué repercusión tendrá en las viviendas y en las economías de los ciudadanos?

Otros trabajos sabemos que no se pueden hacer desde casa. Además de los que se desarrollan en el sistema de salud, hemos constatado que otros muchos resultan igualmente imprescindibles. Son los que desarrollan los grupos más vulnerables, con empleos precarios,  peor pagados y aun peor alojados. Lo hacen en los lugares más alejados, generando una obligada movilidad que reclama el mejor transporte público, ya que, de lo contrario, es la que inunda con sus vehículos (difícilmente conseguidos y que cuesta entonces de usar) la ciudad, contribuyendo a la contaminación. ¿Contribuirá la pandemia, con su contundente aldabonazo, a cambiar las condiciones de esta aparente mayoría social?

Miedo a la ciudad?

Tenga la dimensión que tenga, el inevitable cambio no tiene por qué afectar a la esencia de la ciudad: convivir juntos. Y, en las grandes ciudades, disfrutar de servicios que solo se justifican por el gran número de ciudadanos a los que sirven, incluso más allá de sus confines, así como de una creatividad que atrae y permite la mayor concentración relativa.

Ni la ópera, ni los grandes museos, ni tantas otras cosas… se pueden trocear en todos los barrios. Caen fuera de los 15 minutos a pie, ámbito donde no obstante puede haber tantas otras. Y querremos que aquellas, que 5 son el distintivo y la singularidad de nuestra gran ciudad, sigan estando, ampliándose y mejorando.

En todo caso, lo que sí surge ahora es, como decíamos al inicio, el miedo a la ciudad. El motivo fue, sobre todo en grandes urbes, la inseguridad. Hoy, el miedo había pasado a provenir, en ciudades seguras como las nuestras, de la contaminación y su contribución a la insalubridad. La pandemia incide en eso mismo. Las ciudades además de seguras tendrán que ser salubres. Ello, convirtiéndose en prioridad, deberá marcar los cambios. La confirmación de la ciudad como espacio por encima de todo seguro y saludable es urgente, pero hay que hacerla de forma simultánea a la reconstrucción de la cotidianidad urbana que la pandemia y el confinamiento han deteriorado.

El cambio de las circunstancias de marco siempre fue una oportunidad. Esperemos que en este caso lleve a novedades socialmente productivas. No está asegurado, pero es el reto que afrontan las grandes ciudades. Ahora como antes los grandes principios persisten. Las novedades tendrán que estar basadas en las tres líneas que a mi juicio exige la gestión urbana: solidaridad, participación y creatividad.

https://s1.fundacionfelipegonzalez.org/wp-content/uploads/2020/05/Manuela-Carmena-El-futuro-de-las-ciudades-ante-la-pandemia.pdfFuente Manuela Carmena: